Año Nuevo 2022: que la alegría sea el suelo que pisemos

diciembre 20, 2021

No sé si podré volver a dar a este blog su periodicidad habitual. De momento no es posible.

A saber.

Sí quiero, estar hoy aquí, para desearos que esa alegría del título se asiente en el Nuevo Año 2022 para cada uno de nosotros y así, para el mundo mundial.

Lo hago con este precioso poema que pedí prestado a mi amigo Pablo Villa, y que vive en forma de manuscrito esperando convertirse en otro de sus maravillosos libros. Agradecida por el privilegio de leerlo. Gracias Pablo y Almudena.

En el jardín hay pájaros

No podrían faltar gorriones y palomas,

pero también merodea algún mirlo,

confiados y dulces petirrojos,

asimismo he visto verderones en las ramas

y he escuchado cantar algún jilguero.

Siempre me ha parecido que los pájaros,

de todo lo que vive, son seres armónicos,  

probablemente los más justos con la vida,  

los que se hallan más cerca de su esencia

(sea ésta lo que quiera que sea).





Debido a eso y a causa de los pájaros

(su abundancia de corazón en contraste

con la usura de nuestros afectos),

fue que recordé una vez más aquel nido

que he mencionado tantas veces

a lo largo del tiempo y de mi vida.

(Y que, de nuevo, me dispongo hacer).

Yo era un niño y mi padre,

al segar con su guadaña la hierba de aquel prado

en donde la codorniz escondía su nido,

lo dejó bruscamente al descubierto.





Nunca más volvió la codorniz al nido,

abandonó sus huevos a punto de ser pollos.

Su entorno se derrumbó de golpe

y junto a él lo hicieron todas sus referencias;

en aquel entorno de hierba bruscamente segada,

ni reconocía el mundo ni se reconocía ella.

¿A qué volver entonces?

Su lugar había sido profanado.





La pena que sentí en el nombre del pájaro,

en el nombre del niño, y en nombre del futuro,

echó raíces y vive todavía.

Cuánto me recuerdas ahora mismo aquel nido,

aquella codorniz,

aquel niño apenado

Abandono. Cansancio.

Derrota estrepitosa…

La vida, desangrándose.





De entre los dos, de ambos,

no sé bien quién es el que está enfermo.

No es fácil discernirlo.

Nadie debe dar nada por supuesto.

Más bien hemos de acostumbrar los ojos a mirar de otra forma,

desalinear lo que la rutina pretende hacer destino.

¿Seré yo quien esté enfermo de sentido?

Anhelo nunca saciado de sentido en el centro del alma.

¿Y si no lo hubiera?

Si todo lo que vive y lo que muere

estuviera abocado a ser un sinsentido.

Si el sinsentido contuviera un sentido

y se resumiera en lo siguiente:

un no tener sentido como si lo tuviese.

¿Quién es el que dice si algo tiene sentido?

¿Solamente el lenguaje? ¿Dios tal vez?

 ¿Todo es un decir llevado al paroxismo?





Me quedo con la perplejidad de aquella codorniz.

Aunque doloroso, lo prefiero.

Porque el dolor siempre ha de tener un fundamento.

El dolor es semilla que se esparce.





Olga Fernández Quiroga