La salud mental de las mujeres cuidadoras ¿Quién cuida a las cuidadoras?

junio 20, 2017

Mujeres cuidadoras. Mujeres que cuidan. Mujeres que se descuidan. ¿Quién cuida a las cuidadoras?

En torno a este tema de las mujeres cuidadoras y la afectación a su salud mental que provoca esta durísima situación, charlamos el miércoles 14 de junio con mujeres de Sant Andreu de la Barca. La charla fue promovida por la regidoria de Salut Pública y la regidoria de Igualtat. Aquí la presentación de Montserrat Tobella, regidora de Salut Pública entrevistada por Sant Andreu TV

Mi presentación, la podéis seguir en el pps que inserto.

Empiezo enmarcando la situación con la definición de salud , viendo qué porcentaje hay de mujeres y hombres cuidadores, pasando por la valoración del impacto económico de las cuidadoras “informales”, que es el nombre que se les da a las mujeres que se dedican al cuidado de familiares sin renumeración y que nos sorprendió mucho por la cifra que supondría de creación de empleo: 2 millones de puestos de trabajo;  sigue un breve repaso sobre cómo está la situación ahora con una previsión del incrementro de la dependencia y enfermedades tan duras como el Alzheimer, con qué recursos institucionales contamos y por supuesto cuáles son los efectos, físicos y sociales, pasando por la medicalización, el qué hacer, los ideales sobre quién cuida a las cuidadoras y subrayando especialmente los efectos psicológicos, “psi”, con un análisis tanto desde una perspectiva social, como desde nuestra propia subjetividad, remarcando esas trampas subjetivas tan paralizantes en las que estamos enredadas. Entenderlas y hacerse conscientes de ellas no las soluciona, pero es un paso imprescindible para iniciar el camino de esa solución.

Aquí podéis escuchar la entrevista en  RSA Ràdio Sant Andreu en el programa dirigido por Jordi Milian  y la reseña.

Y aquí esta el pps. que podéis ver en slideshare

Lo mejor, como siempre, el diálogo con las asistentes, casi todas mujeres, entre las que se encontraban varias regidoras del Ayuntamiento de Sant Andreu de la Barca.

En este diálogo intercambiamos opiniones sobre el omnipotente sentimiento de culpa que se sufre hagas lo que hagas, sobre qué entendemos exactamente por autoestima, sobre los recursos institucionales, la calidad de  las residencias, sobre la condición de ser víctima…etc. y ante un panorama bastante desolador, una de las participantes quiso compartir con nosotras su experiencia, que nos aportaba un punto de optimismo. Se calificaba a si misma de “esclava emocional”, una definición de la relación patológica que mantuvo durante un tiempo como cuidadora de su madre y de la que ahora ya ha podido salir, aunque con secuelas ( matizaba);  pero tanto ella como su madre, están mucho mejor.

Son muchos aspectos, cada uno podría dar lugar a una charla, así que espero poder seguir desarrollándolos.

Desde aquí doy las gracias a las asistentes, a mi colega Gemma Cánovas,  al Ayuntamiento de Sant Andreu de la Barca y claro al CAPS  al que representamos en esta charla.

Espero, como siempre, que en algún momento os pueda ser útil.

Olga Fernández Quiroga


Superviviente del Sistema de Salud Mental: se necesita otro pensar. Y se necesita ya

abril 5, 2016

Este es un post especial. Me lo ha enviado mi colega Carlos Rey, que ya ha colaborado en este blog, con su excelente didactismo en el post titulado para una clínica basada en la clínica . Se lo agradezco mucho.

Son las palabras de una persona que se define como superviviente del Sistema de Salud Mental.

Casi 10 páginas. Si tenéis un poco de tiempo leedlo. He conservado el título original.

Fernando Alonso habla de su experiencia en su recorrido como diagnosticado de una enfermedad mental. Yo prefiero decir trastorno  mental. Habla de la altanería de los profesionales que lo saben todo, del sufrimiento psíquico, del tránsito de pasar de enfermo a cliente, de la relación terapéutica, del silogismo psiquiátrico y psicológico, del significado de escuchar, de ser persona en vez de etiqueta, de la subjetividad del ser humano…

Estas reflexiones fueron publicadas en el Boletín nº 38 de la Asociación Madrileña de Salud Mental, de la Asociación Española de Neuropsiquiatría.

Este es el texto.

—————————————————————–

Se necesita otro pensar. Y se necesita ya.

Fernando Alonso. Superviviente del Sistema de Salud Mental

Pensar es peligroso, pero eso no es lo relevante. Ponerse en situación de peligro abre la puerta al pensamiento. Eso sí que es lo decisivo. Amar y pensar. El odio de querer vivir.

Santiago López Petit.

La psiquiatría y la psicología son disciplinas del fracaso. Lo son en lo que atañe a la comprensión y reducción del sufrimiento psíquico. La afirmación es dura, pero tampoco hay que alarmarse más de la cuenta. Sucede con otras profesiones y sucede en otros ámbitos de la vida. En todo caso, lo cierto es que la gente sufre. De hecho, puede decirse que, atendiendo a pulcros criterios estadísticos, la gente sufre cada vez más. La situación ha llegado a ser tan familiar que la hemos normalizado. La capacidad de adaptación del ser humano, en ocasiones, es tan asombrosa como siniestra. Los diagnósticos y tratamientos farmacológicos se incrementan a un ritmo vertiginoso. La precariedad define la salud mental de niños y adultos en las sociedades occidentales que conocemos. Cada vez hay más locos, pero como digo, esa locura casi ha sido incorporada a la cotidianidad. Todas las mañanas, al arrancar cada jornada, una parte significativa de nuestras ciudades engulle su ración de psicofármacos antes de salir a la calle. Por las noches el gesto se repite, una miríada de píldoras aterriza en las lenguas de los ciudadanos que buscan conciliar el sueño. El malestar convive con nosotros y ha acabado por parecernos algo completamente normal.

Sé que hay un millón de matices que pueden y quizás deben hacerse a las palabras precedentes, pero en términos generales no considero que estén demasiado desencaminadas. Si atendemos a los criterios que sostiene el propio modelo biomédico imperante, el panorama es desolador. Es decir, si, siguiendo la consigna de los voceros del biologicismo, nos limitamos a aplicar el paradigma médico al estudio y tratamiento de las llamadas “enfermedades mentales”, se nos presenta una realidad tan cruda como evidente: los resultados de psiquiatras y psicólogos clínicos, evaluados bajo la misma lógica médica desde la que operan, muestran que su rendimiento solo puede ser considerado como nefasto. La enfermedad mental está fuera de control desde una perspectiva epidemiológica, y, a su vez, las numerosas promesas que se nos hicieron (recordemos, por ejemplo, el eterno e inminente descubrimiento de pruebas objetivas de diagnóstico) han caído en saco roto.

Hace ya 16 años que fui diagnosticado dentro del sistema público de salud. Desde entonces no se me ha ofrecido ninguna novedad en el tratamiento. A no ser, claro está, que la aparición y prescripción de un nuevo fármaco casi idéntico a su antecesor comercial se considere como tal; en este sentido, la sustitución más destacable y trepidante pareció ser la de Risperdal por Invega. Eso es todo en todo este tiempo.

Existe un desfase entre los “recursos médicos” que se ofrecen a las personas diagnosticadas y la altanería profesional. El conocimiento real que se tiene del sufrimiento psíquico es absolutamente parcial y limitado, y las herramientas que existen para afrontarlo son insuficientes cuando no dañinas. Las expectativas que se ponen sobre la mesa de la consulta no se corresponden con la seguridad y fiabilidad de la que suelen arrogarse los psiquiatras y psicólogos cuando defienden sus posiciones. A fin de cuentas, el objetivo detrás del conocimiento de una patología debería ser su tratamiento. Por tanto, lo que debería ofrecerse al paciente son mecanismos efectivos de mejora de la calidad de vida que se asienten en datos fiables. Sin embargo, nos encontramos en una situación en la que las investigaciones llevadas a cabo en el ámbito de la salud mental –en gran parte financiadas por la industria farmacéutica– se recrean en la reafirmación del propio paradigma. Así, el paciente ha quedado desplazado, cuando no excluido, y la posibilidad de soluciones, o en otras palabras, de futuro, queda sepultada por la arrogancia de un modelo que se reproduce así mismo alimentándose de su propio fracaso.

No tengo intención de negar las mejoras que han podido producirse en el abordaje de los trastornos psíquicos (en las condiciones y tipos de encierro, por ejemplo), ni tampoco la de obviar el trabajo de determinados profesionales. En este territorio que intento sobrevolar, mi condición de persona diagnosticada me exige centrar la atención en otras cuestiones. Me limito aquí, por tanto, a abordar asuntos de orden estructural que considero cruciales para empezar a entender la necesidad de otro pensar.

El relato dominante en aulas y servicios es que las personas que sufrimos psíquicamente tenemos un desajuste en nuestra bioquímica, y la hegemonía de este relato reduccionista implica toda una serie de consecuencias que deben ser tenidas en cuenta a la hora de valorar el fracaso disciplinario del que hablo. En los párrafos siguientes voy a centrarme, aunque sea de una manera algo tosca y rudimentaria, en tres de ellas. En las tres que son para mí más evidentes y cruciales a la vez.

Y evidentemente no me hace falta entrar aquí en un análisis profundo de las causas de esa mortalidad. No es necesario entrar a debatir el peso de los fármacos en cuestiones como el sedentarismo o el tabaquismo. Basta decir que como horizonte vital, este tipo de datos deberían despertar, cuando menos, sensaciones que oscilaran entre el terror y el escepticismo.

La primera de las muchas que deberían destacarse es la inercia. Y la inercia puede tener dos acepciones básicas que conviven demasiado cerca la una de la otra. La primera es la cualidad de lo inerte, de lo que no está vivo, y la segunda hace referencia al hecho de que el reposo o el movimiento de un cuerpo se mantienen de manera indefinida si no hay causa externa que lo altere. En lo que respecta a la salud de las personas, a sus vidas, en ninguno de los dos casos la inercia puede ser una buena compañera de viaje. Bien porque te arrastre a la inacción, bien porque implique una manera de moverse que te deje siempre en el mismo sitio.

Hay inercia formativa, profesional, investigadora, mercantil y de las propias personas que acudimos a los servicios de salud mental. Las sendas están trazadas y uno discurre por ellas sin sobresaltos. Al igual que el ganado dibuja durante décadas sinuosos surcos sobre la falda de la montaña. De la consulta a la farmacia. De la farmacéutica al congreso. De la publicación al reconocimiento profesional. Del despacho al aula. De la sala de espera a la cita con el trabajador social. Y podríamos indicar un sinfín de trayectos más donde nada ni nadie se mueve realmente. Bajo la apariencia de progreso no hay sino una gestión razonablemente eficiente del colapso. Un colapso que afecta tanto a las disciplinas como a las personas.

La segunda consecuencia que puede traerse a escena es un impetuoso amante de la inercia: el negocio. Hay quienes opinarán que la precedió necesariamente, otros mantendrán a su vez que llegó después, cuando el terreno estaba ya abonado. Da igual como haya sucedido, lo importante es que está entre nosotros –también con nosotros y en nosotros– y su presencia lo impregna todo. La salud mental es un negocio fabuloso. Hay que reconocerlo de manera abierta y sin complejos de ningún tipo. Hace años hablar de la mercantilización del sufrimiento psíquico era propio de individuos y colectivos marginales. Hoy, gracias a la mezcla resultante del propio descrédito del que gozan los mercados y la labor crítica de determinados movimientos sociales y algunos investigadores, parece que nadie está en posición de poder afirmar que existe algún tipo de neutralidad o filantropía en los resortes que mantienen en marcha la boyante industria farmacéutica. Los recientes trabajos de Peter Gøtzsche –Medicamentos que matan y crimen organizado– y Joanna Moncrieff –Hablando claro. Una introducción a los fármacos psiquiátricos– ponen el dedo en la llaga y claman a los cuatro vientos algo que todas las personas que hemos pasado por una consulta psiquiátrica sabemos: más allá de nuestra condición de pacientes, somos esencialmente clientes.

Volviendo al tema del que hablaba, es cierto que vivimos inmersos en una lógica de costes y beneficios (algo que sin duda podría definirse en términos de «realidad objetiva»). Por lo tanto, también es cierto que el ámbito de la salud mental no se encuentra fuera de esa lógica, pero la razón por la que se ve especialmente afectada es muy sencilla: los beneficios que genera son astronómicos. No hay que ser ni muy agudo ni muy radical para ver la influencia directa que tiene esto. Para ilustrarlo con una mayor claridad, y a riesgo de ser tachado de trasnochado, citaré a Marx abordando la cuestión de la fetichización de la mercancía: “La producción no produce un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto”. A partir de estas palabras y haciendo las sustituciones pertinentes, los lectores podrán pasar un rato inquietante y divertido. Sugiero probar a cambiar “producción” por “industria farmacéutica” o “paradigma biomédico”, “objeto” por “fármaco” o “diagnóstico”, “sujeto” por “enfermo mental” o “consumidor”, etc. La cuestión aquí, es que la identidad personal de ese sujeto se ve transformada por esa relación. No se trata algo que pase a tu lado, que te roce, no… te golpea, te modela, te marca.

La tercera consecuencia se puede explicar como fruto de las dos anteriores. Tiene que ver con la situación que ocupa el paciente dentro de este tablero que he tratado de esbozar. Toda vez que su biografía y su dolor han sido escindidos el uno del otro por el escalpelo del saber psiquiátrico, se le ha invalidado y estigmatizado, se le ha predicho un futuro bastante desolador y se le ha convertido en un engullidor de pastillas y receptor pasivo de recursos (cuando los hay), es arrojado a la periferia social. La identidad que alguna vez pudo existir (o acaso llegar a existir) se diluye bajo el peso de los nuevos significantes y sus atribuciones. Se es “paciente”, se es “usuario” (ese gran sustantivo que no dice nada salvo que “usas” algo), se es “diagnosticado” (cuando no directamente “psicótico”, “esquizofrénico”, “bipolar”, etc.)…

El mismo modelo con el que se inician y legitiman todos los procesos de segregación es el responsable final de velar por la recuperación del segregado. La contradicción es tan manifiesta que tengo la hipótesis de que todas las partes implicadas son perfectamente conscientes de ello en un grado u otro. Y sin embargo, nos hemos acostumbrado a callar pese a que los pacientes difícilmente se fían de sus responsables médicos, y estos con demasiada frecuencia creen estar en condiciones de saber todo cuanto está por acontecer en la vida de aquellos.

Así, en el mejor de los casos nos encontraremos ante una relación terapéutica completamente precarizada, y en el peor estaremos frente a un burdo simulacro. La cuestión radica en la comprensión o no de la naturaleza de esta relación. Y cuanto más avancemos en silencio, cegados por la retórica del progreso desplegada en gran parte de los textos académicos y en la totalidad del marketing farmacéutico, más dificultades encon- traremos para pensar alternativas que posibiliten una alianza terapéutica real y efectiva. De hecho, corremos incluso el riesgo de quedar atrapados en la ilusión de que el paso del tiempo conlleva por sí mismo una mejora de la gestión social de la salud mental, de manera que llegue el momento en el que el verdadero problema sea que no podremos recordar el problema mismo: la comprensión y afrontamiento del sufrimiento psíquico. Para evitarlo, no hay que perder de vista algo tan esencial como que hasta el momento, y con las pruebas empíricas de las que se dispone, la “enfermedad mental” no es una enfermedad que pueda ser equiparable al resto de patologías a las que hace frente la medicina. Y en consecuencia, el “enfermo mental” está lejos de ser un enfermo más. Semejante estado de excepcionalidad es rastreable en múltiples direcciones, desde las implicaciones legales que puede acarrear un determinado diagnóstico (pensemos en la reforma del Código Penal planteada por el exministro Alberto Ruiz-Gallardón) hasta la impotencia que experimentan muchos profesionales en sus puestos de trabajo (quienes vocacionalmente buscaron un espacio donde descubren que el cuidado es desplazado por la mera gestión), pero donde mejor se puede apreciar es en el simple día a día de las personas que sufren psíquicamente y en su relación con el conjunto de la sociedad.

Inercia, dinero, desamparo. Tres palabras de las que deberíamos huir a la hora de comenzar a construir otro pensar.
Quizás habiendo dicho esto se entienda mejor que, siguiendo una tendencia abierta hace décadas en el mundo anglosajón, algunas personas nos denominemos “supervivientes” de la psiquiatría o del sistema de salud mental. Hay profesionales que han manifestado su recelo hacia este tipo de expresiones, e incluso han reprochado la existencia de una cierta épica en ellas. Supongo que se sienten tan excluidos de dicha elección como nosotros nos sentimos frente a las rotulaciones diagnósticas. No obstante, para buscar una legitimidad al término hay que remontarse a la experiencia misma y sus protagonistas, y en este sentido personalmente sí considero que hay una dosis considerable de épica en la vida de todos aquellos a quienes a quienes les tapiaron las ventanas y las puertas de sus casas y aun así consiguieron fugarse. Hacer un butrón en la historia que habían escrito para ellos y discurrir otros caminos en busca de un espacio de seguridad donde poder vivir con y en su diferencia. En mitad de un desastre y una confusión generalizados, donde la curación es sustituida por la simple analgesia, concebir escenarios donde es posible no resignarse es sencillamente una necesidad.

Este problema a la hora de dar con palabras que puedan expresar realidades que escapan al conjunto de discursos y prácticas dominantes en la salud mental evidencia una de las primeras tareas a acometer si queremos salir del atolladero en el que están metidos algunos profesionales (aquellos que a diario experimentan la impotencia en sus puestos de trabajo) y todos los pacientes: el lenguaje. El que existe está viciado. Se ha desgajado de la vida hasta el punto de no responder ya a fenómenos concretos, sino a formas concretas de dominación. El lenguaje se impone, y lo más doloroso de todo es que dicha imposición pretende designar una realidad que es nuestra, no de quienes lo administran.

Así, de la misma manera que determinados individuos vivimos experiencias psíquicas inusuales que pueden entenderse como una “realidad no compartida” por el resto de la población “normal”, la psiquiatría y la psicología nos imponen un vocabulario que nosotros no compartimos. Simplemente nos limitamos a tragarlo. Y lo hacemos nuestro, lo que es aún más perturbador, porque acabamos hablando de nuestras vidas con palabras de personas que no saben nada de ellas.

Sin embargo, no nos encontramos sencillamente ante un problema de vocabulario. Si así fuera, podría solucionarse en términos de reemplazo. No, el lenguaje está asociado a un paradigma, a un determinado modelo, y ello acarrea la existencia de unas reglas que establecen un determinado pensar. Las operaciones conceptuales que acontecen dentro del paradigma biologicista siguen un camino que conduce de manera sistemática al desen- cuentro con las vidas de los pacientes que pretende curar. Hay un problema de traducibilidad entre su realidad y la de los profesionales que se ha solucionado a golpe de diagnóstico. El problema es estructural, y por tanto, quien quiera afrontarlo deberá estar dispuesto a desprenderse de buena parte de lo aprendido, a cuestionar sus hábitos de pensamiento y a asumir ciertos riesgos. Salirse del redil siempre implica pagar un precio.

Traeré aquí tan solo en el primero de esos riesgos a los que he aludido: escuchar. La psiquiatría, la psicología y el resto de prácticas-satélites que gestionan el sufrimiento psíquico no escuchan. Más allá de que sean las mismas instituciones las que coarten la escucha, cuando no la imposibiliten directamente, estas disciplinas han perdido la capacidad de recibir informaciones que no pertenezcan a las líneas maestras de su relato. Esto es algo que sabe cualquier persona que pase por consulta. Desgraciadamente, escuchar al otro no es solo prestarle atención, ni dedicarle tiempo, ni ofrecerle consuelo. Va más allá, es una actividad en la que quien escucha se expone a tener que modificar el guion que de una manera más o menos consciente tenía estructurado en su cabeza. Y eso, cuando no está asumido como parte del propio desempeño, jode.

Llegados a este punto, la mayoría de los lectores de este texto podrán legítimamente argumentar: “Genial, pero no hay medios disponibles para articular esa escucha. No ha recursos económicos, ni tiempo”. Y mi respuesta sería la siguiente: “Correcto, pero hay pasos que ya se pueden dar”. El primero es reclamar y pelear por esos medios, por mera dignidad, aunque se pierda la batalla. El segundo es adquirir formación sobre otras estrategias distintas de las ya conocidas. El tercero pasa por ensayar nuevas formas de comunicación a la luz de esa formación que permitan trabajar sin grandes recursos económicos (citaré solo dos que ofrecen resultados positivos especialmente en el campo de la psicosis: el diálogo abierto y los grupos de escuchadores de voces). El cuarto consiste en algo realmente sencillo, que se produce en otros países, pero que en este parece no acabar de cuajar: la búsqueda de espacios de confluencia entre personas diagnosticadas y profesionales, tiempos y lugares donde se den los parámetros mínimos que permitan una comunicación razonable y equilibrada. Pero, y esto es relevante, esta necesidad no se ve satisfecha por la tendencia actual (motivada en buena parte por el marco conceptual que ofrece el modelo recovery) de incorporar en mesas de debate y jornadas a una o dos personas psiquiatrizadas. Ese es tan solo un gesto que con demasiada frecuencia no va más allá de la anécdota y la autocomplacencia.

Somos personas, no etiquetas. Tenemos vidas, no historiales. Y un secreto: disponemos de saberes labrados en el día a día. Conocimientos empíricos que no vienen en los manuales de las universidades. A veces no tienen una forma clara, son herramientas difusas que simplemente nos ayudan a sobrevivir. Otras veces, con el paso de los años y el apoyo entre personas que comparten una misma condición, esos recursos más o menos intuitivos se van puliendo y se transforman en auténticas estrategias terapéuticas. Muchas de las cuales son replicables.

Negar la participación de personas con experiencias concretas en la creación espacios de acción terapéutica es un error básico que condiciona todos los pasos que se dan después de tomar la decisión. No puedo argumentar con exactitud el origen de esta forma de trabajar, e intuyo que las razones son múltiples e incorporan una gran cantidad de matices y aristas. Es evidente que la arrogancia ya mencionada debe tener un peso importante, junto con el inmovilismo inherente a todo corporativismo. Pero también es cierto que el desarrollo de los marcos conceptuales de la psiquiatría y la psicología en nuestro país no puede ser ajeno a cuatro décadas de dictadura. En cualquier caso, la escisión entre el saber académico y el conocimiento directo que tienen de su propio dolor las personas que conviven con él no solo es una tara que evidencia claramente cierto subdesarrollo teórico, sino que no resiste el embate del simple sentido común.

En un plano estrictamente personal, puedo decir que experimento alucinaciones auditi- vas desde los 19 años y que, como es lógico, he hablado con muchos psiquiatras, psicólogos y terapeutas desde entonces, pero jamás ninguno de ellos me ha ofrecido el conocimiento práctico que he podido adquirir leyendo y, sobre todo, escuchando a otras personas que a su vez también escuchan voces. Los saberes que se comparten entre iguales escapan a los marcos de la especulación teórica, se diluyen en las narraciones individuales y ofrecen pistas para reconstruir el propio camino hacia una recuperación real y efectiva. La inmensa mayor parte de lo que sé sobre lo que me pasa se lo debo a otros, a otros como yo: la comunicación o incomunicación con la familia, la gestión de las alucinaciones en el trabajo, la información sobre ingresos hospitalarios, la importancia del descanso, la influencia en las relaciones de pareja, los factores de riesgo que pueden desembocar en una crisis, pautas de prevención… la lista sería interminable.

Fuera de España hay programas dentro de la atención en salud mental donde determinados “pacientes” colaboran de manera decisiva en estrategias de intervención. Y dentro de nuestras fronteras hay numerosas experiencias dentro del campo médico donde determinados pacientes intervienen en calidad de “pacientes expertos” a la hora de gestionar situaciones tan complejas como la aceptación y gestión de una patología crónica. Lo curioso es que la psiquiatría dominante, pese a invocar su pertenencia en igualdad de condiciones al resto de ramas de la medicina, suele asumir del paradigma médico tan solo lo que le conviene. El campo psicopatología no deja de ser un caos controlado por la costumbre, donde los cambios provocan miedo y rechazo. Al fin y al cabo, hay que tener siempre presente que cuando los sistemas se enquistan, tienden a la autoperpetuación como lo haría cualquier ser vivo.

Hasta el momento he recurrido constantemente al concepto de “paradigma” establecido por Thomas Kuhn. Y lo he hecho en su sentido más primario: un modelo teórico que, por las razones que sea, es aceptado por un grupo social. Esta aceptación tiene sus cimientos en un conjunto complejo de razones, entre las cuales destaca el éxito para resolver problemas o anomalías. En este sentido pudiera parecer que la hegemonía del relato biologicista en el ámbito de la salud mental tiene sus días contados: hace décadas que no se producen adelantos significativos en el terreno de la investigación (ni en lo relativo al diagnóstico, ni en lo relativo a los psicofármacos), todavía no se ha podido demostrar el componente biológico de ninguna llamada “enfermedad mental” y, quizás esto sea lo más importante, la gente continúa sufriendo. Sin embargo, esta interpretación simplifica demasiado el trabajo de Kuhn. Habría primero que establecer si la psiquiatría puede considerarse ciencia en un sentido fuerte (si aplica el método científico de facto y no si se trata tan solo de un conjunto más o menos estable de conocimientos y creencias), e incluso qué sentido tiene tratarla desde el aparato conceptual ofrecido por un historiador de la ciencia, y lo que es más importante en nuestro caso, habría que ponderar la relevancia que siempre asignó este autor a las creencias históricas concretas de las comunidades científicas. Y es que una de las grandes aportaciones de Kuhn fue insistir en que las propias creencias son inseparables del marco cultural en el que se desarrollan.Dicho lo cual, el paradigma biológico en salud mental debe ser siempre comprendido en el contexto en el que ha triunfado. De ahí que haya quienes con propiedad hablen ya de “paradigma biocomercial”. Quizás no haya que atender tanto a sus éxitos para comprender su supervivencia como a su funcionalidad contextual. Se adapta a la lógica del mundo en el que se inserta. Se adapta y hace caja. Por tanto, la crítica no puede ni debe ser planteada en términos de relevo: no existe ningún paradigma que pueda suplir al actual operando en las mismas condiciones.

Mi modesta aportación a este debate es que tampoco necesitamos un modelo alternativo. No se trata de escoger entre la fantasiosa cosmología aristotélica y el rigor observacional de Galileo (quien pudo ver que sí, que la Luna tenía montañas y no era la esfera incorruptible que creían Aristóteles y la Iglesia Católica), tal y como nos explica Thomas Kuhn. Se trata de cuestionar el paradigma hegemónico a la vez que se articulan respuestas pragmáticas a los problemas que ese paradigma no sabe, o no le es rentable, abordar. Y esto pasa necesariamente por cuestionar e incidir también en el marco cultural existente. Si no hay una cultura de la escucha, de la gestión horizontal de tiempos y espacios, poco sentido tendrá el descubrir que tiene un potencial terapéutico. Si se apuesta por los grupos de apoyo mutuo en salud mental, donde se practica una comunicación no mediada entre personas que han pasado y pasan por experiencias semejantes, hay que asumir que se está defendiendo una manera específica de relacionarse. Se otorga un valor a una determinada manera de estar en el mundo. La praxis implica un posicionamiento dentro de una correlación de fuerzas e intereses que nos desborda.

El problema esencial de quienes defendemos que la autonomía es el principio, el medio y el fin de la recuperación en salud mental es que este mundo está configurado contra el desarrollo de esa autonomía mucho más allá de los límites establecidos por aulas, consultas y hospitales. Por eso no contemplamos un choque frontal, a la vez que tampoco nos resignamos, buscamos resquicios y contradicciones para instalarnos en ellas. No podemos posponer la disputa ni asumir la derrota. A nuestro alrededor “La regla es: mermelada mañana y ayer… pero nunca hoy”, que diría la Reina de corazones en Alicia en el país de las maravillas. El ayer representa el momento en el que se gozó de una salud ya perdida, mientras que el mañana es la quimera de un nuevo tiempo que nunca acaba de llegar. El problema es que vivimos en el hoy. Y necesitamos soluciones ya.

No se trata pues de disputar una hegemonía, sino de liquidarla, de acabar con la imposición de centros de poder y defender la multiplicidad. No hay un relato para explicar el sufrimiento psíquico, hay múltiples relatos de múltiples sufrimientos psíquicos. La puesta en común de los mismos y de las estrategias de gestión empleadas por sus protagonistas es un camino de socialización de conocimientos que rompe con la lógica que conocemos. Aprender de un paciente puede parecer un sinsentido hasta que es útil. Es entonces cuando es posible entender que todas esas dualidades que se levantan alrededor no son sino muros.

Cierro el texto invocando el llamado “derecho de fuga”, una idea que tomo prestada a Sandro Mezzadra. No se trata de una figura jurídica, sino un concepto con el que el autor pretende reflexionar sobre la singularidad de las personas desplazadas. Con él, Mezzadra pretende remarcar la dimensión subjetiva de los procesos migratorios, los cuales quedan sepultados bajo el anonimato y el reduccionismo con los que quedan planteados dentro del contexto capitalista. Así pues, las personas diagnosticadas también tenemos el derecho de fugarnos del paradigma biomédico que triunfa a día de hoy. Tenemos derecho a buscar y a que se nos reconozca nuestra propia subjetividad mientras buscamos. Nuestra fuga permite que terceras personas puedan tomar conciencia de nuestra condición y nuestra experiencia. Reivindicar nuestra subjetividad implica romper con la posición subalterna a la que nos relega el paternalismo de las llamadas “ciencias psi-”, pero desde luego no equivale a suprimir todas aquellas condiciones objetivas que nos llevaron al sistema de salud mental. No somos reducibles a categorías estancas, no somos insectos y los profesionales de la salud mental no deberían ser entomólogos. Ese camino, esa forma de pensar, ha sido ya ensayado y el resultado está ahí para quien quiera documentar la derrota. Tenemos derecho a respirar aire fresco, o al menos a intentarlo. Desertar es un verbo que tiene algo hermoso. Implica una actitud. Lo cual no es poco en estos días aciagos. Cuando el pensar habitual, el que hemos heredado, fracasa, se hace necesario pensar de otra manera. Estamos habituados a afrontar la realidad en términos opuestos. Así, este nuevo pensar que se invoca en el título de este texto debiera ser un pensar contra el orden existente. Sin embargo, de lo que se trata no es tanto de pensar a la contra como de inaugurar otro pensar desde el momento mismo en el que hemos reconocido que el que existe se rinde.

Soy consciente de que este texto no tiene una estructura académica. Hablar desde la propia vivencia le condena a uno a abrazar ciertas heterodoxias. Si todo lo escrito tiene una finalidad o enseñanza, no pasa por que se la explique y desmenuce al lector en un último apartado de conclusiones, sino porque este la comprenda. Ojalá se entienda este matiz, y sirva de contrapunto al modo en que las personas diagnosticadas solemos ser tratadas en consultas, estudios, salones familiares o asociaciones de distinta índole. En última instancia, y al igual que otra mucha gente, yo no creo que el ser humano nazca bueno o malo. Creo que nace ignorante, estúpido. Y abandonar esa condición es la tarea de su vida. Quiero pensar que cada vez somos más quienes estamos inmersos en ese proceso.

Fernando Alonso

Superviviente del Sistema de Salud Mental

—————————————————————————

Hasta aqui el texto de Fernando. Para completar este post, creo que van bien estos enlaces que inciden en la idea de mostrarnos otras maneras de abordar los trastornos mentales.

Escuchadores de voces. Un intento de los pacientes para autoorganizarse y convivir con su trastorno psicótico, que merece la pena conocer.

Intervención de Olga Runciman el el XXXII Congreso de Nacional de Enfermería de Salud Mental. Es enfermera de salud mental, psicóloga de la universidad de Copenhague y persona que escucha voces. Es la presidente de Inter- Voice danesa y desea crear un puente entre el mundo del cuerdo y el loco.

Quiere reinterpretar los problemas de salud mental desde esta perspectiva de los escuchadores de voces. Desde su propia construcción como profesional y como persona que sufre los trastornos, diagnosticada de esquizofrenia. Desde ambos lados. Ellos se autodenominan “oidores de voces”.

Web del Congreso que organizaron en Alcalá de Henares, los días 6 y 7 de noviembre del 2015

También podéis leer, el número 36 que desde MYS (Mujeres y salud), hemos dedicado precisamente a este movimiento.

Posiblemente os sorprenderá, pero entenderéis mejor algunas cosas respecto a salud mental y por lo tanto respecto a nosotros mismos.

Esto no es ninguna panacea, ni tampoco soluciona estos graves trastornos mentales de manera mágica a todo el mundo, pero estas personas han sido capaces de crear otra perspectiva. Y se han organizado. Y pueden llevar una vida diferente a la que denuncia Alonso.

Implica que hay otras verdades. Es lo que no se pude negar. Es lo que no puede negar ni la psiquiatría ni la psicología. Y no no implica que debamos estar totalmente de acuerdo. Pero sí que hay que oír y escuchar.

Soy consciente que este no es el discurso dominante ni en psiquiatría ni en psicología, pero los que trabajamos o hemos trabajado durante mucho tiempo en clínica, con pacientes, día a día, sabemos que en efecto hay otras verdades, a veces tantas como personas que sufren o que tienen trastornos mentales. Leves, graves o muy graves. Y no hablo de teorías.

Olga Fernández Quiroga


Guerra civil y trauma psíquico: Poder hablar, poder decir

abril 14, 2013

Françoise Dolto, psicoanalista francesa, nacida a principios del siglo XX y muerta en 1988, a los 80 años de edad, dedicó su vida  al estudio e investigación del ser humano, pero en especial a la clínica infantil y dentro de ésta no solo trató y curó a muchos niños si no que mantuvo a lo largo de su vida una irreprochable postura ética respecto al universo infantil en todas sus vertientes. Su obra, con un riguroso planteamiento teórico ha sido y es reconocida tanto en ámbitos de la salud como en pedagogía y sociología.

Quisiera transcribir el resumen de un caso que explica en uno de sus libros (Dolto, Françoise: la imagen inconsciente del cuerpo”,  Paidós, psicología Profunda, 1986).

Es el caso de un niño que, abandonado por sus genitores, fue acogido en una guardería y adoptado cuando tenía 11 meses.

A esa edad, los padres adoptivos le dieron un nuevo nombre, Federico, distinto del que llevaba hasta entonces.

Federico es atendido en consulta a la edad de 7 años, por síntomas psicóticos.

El tratamiento descubre que es hipo acústico, así que se le pone un aparato. Se resuelve también un problema de incontinencia esfinteriana y se confirma que es un niño de inteligencia despierta que se integra totalmente con los niños de su edad, pero persiste un problema: la maestra le comunica a la  psicoanalista que participa en todas las actividades pero se niega al  aprendizaje de la escritura y de la lectura.

En la consulta, Dolto, explica: “…observo que en sus dibujos utiliza letras y particularmente la letra A, que aparece en un sitio y en otro y escrita en cualquier dirección. – ¿es una A?- Hace señas de que sí. Yo repito la pregunta: – ¿y ésta?- (una A al revés).Responde con un “sí” aspirado, mientras que al hablar siempre emite sonidos expirados…”

Dolto, procura averiguar quién podría ser el que él designa con esta A, porque sabe que en la familia no hay nadie que comience por esta letra.

Intenta interpretarla refiriéndose a la observadora de la consulta, cuyo nombre empieza por A, pero no produce ningún efecto. Entonces la madre le revela lo que no sabía: que cuando nació se llamaba Armando.

Segura de que ésta sería la interpretación correcta, Dolto explica al niño que quizás es Armando lo que él significa en su dibujo con todas esas A; que sin duda sufrió por ese cambio de nombre al ser adoptado, adopción de la que él había sido informado muy tempranamente. Pero el niño, siguió ocupado en dibujar y modular y a Dolto se le ocurre llamarlo sin dirección precisa, sin mirarlo, sin dirigirse a su persona, alzando la voz con tono e intensidad diferentes, girando la cabeza hacía todos los puntos cardinales, al techo, bajo la mesa, como si llamara a alguien de quién no supiera dónde estaba situado en el espacio: “!Armando…! ¡…Armando…!.

Entonces el niño se pone a escuchar tendiendo sus oídos hacia todos los rincones de la habitación. Sin mirar a la analista, como tampoco ella le miraba.  Llega un momento en que los ojos del niño se encuentran con su mirada y entonces le dice “Armando era tu nombre cuando te adoptaron”.

“…Percibí entonces en su mirada una excepcional intensidad. El sujeto Armando, des-nombrado, había podido re-enlazar su imagen del cuerpo con la de Federico, el mismo sujeto que recibiera este nombre a los once meses. Había tenido lugar un proceso enteramente inconsciente: él necesitaba oír este nombre pronunciado no con una voz normal, la mía, aquella que él me conocía, que se dirigía a él en su cuerpo, éste, el de hoy, en el espacio de la realidad actual, sino pronunciado con una voz sin lugar, por una voz de falsete, o una voz off, como ahora se dice, llamándolo sin dirección precisa. Era la clase de voz de las maternantes desconocidas que él había oído cuando hablaban de él o cuando lo llamaban en la guardería de los niños a adoptar...” (la negrita es mía).

En los 15 días siguientes pudo superar sin problemas sus últimas dificultades en leer y escribir.

De este caso clínico, me interesaría resaltar los efectos que provoca lo no dicho, lo que por cualquier circunstancia no se puede decir y permanece enroscado en cada uno, manifestándose en forma de síntomas más o menos graves en cualquier momento de la vida de un sujeto. Sea como sea siempre son consecuencias devastadoras y sea como sea siempre surgen. Así que por muy terrible que sea lo que hay que decir, siempre se puede decir, aunque no de cualquier manera (para Armando-Federico, sólo fue efectiva una manera de hacerlo),

Quizás os preguntareis a qué viene plantear un caso clínico clásico. Este caso siempre me ha gustado, también Dolto por esa manera suya de trabajar el caso por caso y a la vez analizar el sistema educativo, integrando lo subjetivo y lo colectivo, por la radicalidad de sus análisis, con independencia de que se estuviera o no de acuerdo con ella, por su ética, que ya dije al principio y por alguna cosa más que posiblemente esconde mi inconsciente.

Además, hay otras razones actuales:

  • Me acaban de publicar, en formato libro, mi trabajo “guerra civil y trauma psíquico: un estudio de los efectos psicológicos de la guerra y la posguerra en la población actual, 3 años después de haberlo escrito, por la Editorial Académica  Española .  El catálogo en Amazon  y en  Morebooks, la tienda online de la editor
  • Guerra civil española y trauma psíquicol morebooks
  • He vivido la muerte de algunas de las personas entrevistadas  en el trabajo y quiero que el libro sea un homenaje.
  • Todo ha ido a peor. No existe una posibilidad de cambio comparable a la de Armando-Federico. No hay ningún dispositivo en la sanidad pública que acoja a las personas que lo demanden. El Juez Baltasar Garzón ya no puede reivindicar la causa de la memoria histórica, desde la legalidad, porque a él también lo han callado.
  • Poder hablar, poder decir, para poder prevenir que más tarde lo no dicho pueda surgir en forma de síntoma subjetivo/colectivo.

PS: El precio del libro lo decide la editorial. Si alguien desea comprarlo con un descuento de cerca del 40%, que me lo diga a la dirección de mail del blog olfequir@gmail.com , y lo puedo incluir en mi pedido colectivo.

Olga Fernández Quiroga


PARA UNA CLINICA BASADA EN LA CLINICA: Carlos Rey en “otras lecturas”

marzo 18, 2012

Hace tiempo que deseaba traer al blog alguno de los excelentes artículos que mi colega Carlos Rey publica en la Revista del Col.legi Oficial de Psicòlegs de Catalunya (COPC). Hoy es un buen momento, ya que celebra sus ocho años de publicaciones, así que aprovecho para felicitarle y expresar mi admiración por su estilo didáctico, ágil, ameno, y a la vez documentado, riguroso y libre. Una combinación estupenda para hablar sobre esa dimensión del ser humano, que va más allá de la salud pero que también se juega en el Sistema de Salud.

Gracias, Carlos, por dejarme reproducir tu texto. Espero que disfrutéis de sus “otras lecturas”.

Libres de grasa ideológica, las ideas que aquí se proponen son como liebres: pura fibra para  huir veloces de cautiverios y servidumbres. Así son los ensayos con los que esta sección celebra llevar ocho años dando la matraca al pensamiento único proponiendo Otras lecturas. Tres de estos  ensayos son potentes críticas al Devocionario de la Salud Mental que utiliza la clínica oficial, esa que en estos lares está regida por la patronal de los grandes proveedores privados de la Sanidad Pública. El cuarto ensayo se presenta como alternativa clínica y ejemplo de que otra práctica (p)sí es posible.

Uno. Veinte profesionales psi del centro y cono sur de América han reunido sus críticas al DSM en un libro de sugerente título: El libro negro de la psicopatología contemporánea. Los psicoanalistas Silvia Frendrik y Alfredo Jerusalinsky son sus compiladores y los que nos lo resumen: «La consigna que nos reunió es analizar las consecuencias de una práctica que considera los signos “objetivos” como datos inequívocos en contraste con el desciframiento y la escucha cuya clave y código se encuentran en el paciente mismo y no en las siglas o las listas de indicadores de un manual. Sólo queda esperar que la fuerza de inercia de la destrucción del sujeto que se practica en la vida contemporánea se detenga al menos en quienes aún se permiten formular dudas y sostener preguntas».

Dos. El ensayo de Christopher Lane La timidez. Cómo la psiquiatría y la industria farmacéutica han convertido emociones cotidianas en enfermedad, ha llegado hasta nosotros precedido de muy buenas críticas y  premios varios, como para provocar  urticaria a cuantos han usado hasta el abuso el seudo-diagnóstico fobia social. En el escrito de aceptación del premio francés a la mejor escritura médica, nos dice: «Deseo que el Premio Prescrire 2010 sirva para llamar la atención sobre las maneras arrogantes, fortuitas y a veces ridículas con las que se aprobaron formalmente 112 trastornos mentales nuevos en 1980. Ese año apareció en los EE.UU. y en el resto del mundo la tercera edición del DSM (…) Al mando del grupo de trabajo del DSM-III, Robert Spitzer despachó los criterios para dos nuevos trastornos en cuestión de un par de minutos. Sorprendidos, incluso sus colegas no podían dar crédito a semejante velocidad. Uno de los participantes contaría después a la revista New Yorker (enero de 2003): “Había muy poca investigación sistemática en lo que hacíamos y mucha de la investigación existente era más bien un batiburrillo -dispersa, inconsistente y ambigua. Pienso que la mayoría de nosotros admitía que la cantidad de ciencia, buena y sólida, sobre la que basábamos nuestras decisiones era bastante escasa”. (…) Lo que mi libro ha conseguido, de un modo que los lectores de los DSM no pudieron hacer, fue juntar las piezas de cuántos de los ll2 trastornos llegaron a existir en primer lugar. Como he dicho, tuve acceso y he podido citar libremente toda la correspondencia, documentos y votos que circularon entre bastidores. En los tiempos en los que no existía el correo electrónico y en los que la información crítica no podía eliminarse con pulsar sólo una tecla, estos documentos permitieron a la Asociación Psiquiátrica Norteamericana patologizar comportamientos para los que se han prescrito y se siguen prescribiendo antidepresivos a millones de personas en todo el mundo».

Tres. Richard Bentall es doctor en Psicología Experimental y licenciado en Filosofía aplicada al Sistema Sanitario (para que luego digan que las humanidades no tienen aplicaciones prácticas). También fue  catedrático de Psicología Clínica en las universidades de Liverpool y Manchester; actualmente lo es en la Universidad de Bangor (Gales). Este autor ha sido premiado en dos ocasiones por la Sociedad Británica de Psicología. En 1989, por su contribución a la Psicología Clínica  y en el 2004, por su libro Madness Explained: Psychosis and Human Nature. Bentall lleva 20 años investigando sobre  la pobreza epistemológica con la que se quiere justificar y validar que la esquizofrenia es una enfermedad mental con marcadores biológico-genéticos, y denunciando, por lo tanto, la facilidad con la que el diagnóstico de esquizofrenia ha pasado de ser una hipótesis provisional a considerarse un axioma, cuando no dogma de fe. Bentall es noticia hoy por la traducción de su último ensayo Medicalizar la mente, donde nos demuestra que ni con la aplicación tramposa de la estadística se consigue reducir la baja fiabilidad de los diagnósticos que tanto la Academia como los mercados nos venden como científicos. Medicalizar la mente remite tanto a la absurda aplicación del modelo médico al estudio de la mente y al tratamiento del pathos psíquico, como a su consecuencia, es decir, a medicar sin enfermedad. Este autor nos anima a que tengamos un criterio propio, nuestro propio modelo, que es tanto como decir que nos atrevamos a pensar con voz propia y construir teorías agrupadas en una psique-logia de nuestro propio quehacer. Si Bentall se emplea a fondo para demostrarnos que los diagnósticos del DSM no son significativos, es decir,  ni científicos ni clínicos, es para que dejemos de beberle los vientos al modelo médico en general y, en particular, a la psiquiatría biológica. Máxime cuando  -como se nos dice en este ensayo- «en 2005 incluso el presidente de la Asociación Americana de Psiquiatría llegó a lamentar que “como colectivo profesional, hemos permitido que el modelo bio-psico-social se haya convertido en el modelo bio-bio-bio”». Tiene razón, y cada colectivo de profesionales tendrá que hacerse co-responsable de la retallada de lo psico-social en el estudio y tratamiento de lo psíquico.

Los ensayos anteriormente citados coinciden en que fue el liberalismo económico quien favoreció que los neo-kraepelinianos, con el Dr. Robert Spitzer a la cabeza, publicaran en 1980 el DSM-III, y a Mrs. Thatcher y Mr. Reagan bendecir políticamente ese cambio de rumbo. De esos barros, estos lodos. Y vaya por delante que si no se nos hubiera impuesto como criterio único de diagnosis clínica, no estaríamos hablando de este manual que, como dice Bentall,  tiene la apariencia de «menú de un restaurante chino» y «la mayoría de los diagnósticos psiquiátricos son casi tan significativos a nivel científico como los signos del zodíaco».

Por eso es que, como alternativa al reduccionismo biológico que domina las clasificaciones internacionales, propongo al lector interesado el potente ensayo de Fernando Colina, psicopatólogo, alienista del Pisuerga, miembro de la Otra Psiquiatría y jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario Río Hortega de Valladolid. Melancolía y paranoia es el título de este ensayo sobre psicopatología exclusivamente clínica (que ya es triste que se tenga que aclarar que la psicopatología ha de ser clínica); y escrito con una prosa cuidada hasta el mimo. Ayudado del estudio de los clínicos que nos han precedido y la fenomenología de su propio quehacer clínico, nos anima a pensar la locura como un trastorno único y múltiple -las psicosis: melancolía, paranoia y esquizofrenia- según pongamos el acento en las semejanzas o en las diferencias. Dos, a despegarnos del modelo de las estructuras cerradas y discontinuas a fin de que nos permita pensar las psicosis, también, como eslabones de continuidad. Y tres, a plantearnos la existencia de un denominador común en todas las formas de locura y la supuesta normalidad. Que es tanto como decir que: «Entre psicosis y neurosis no habría  ruptura estructural. (…) Sea como fuere, estas dos opciones diferenciadoras, no estrictamente nosológicas, que estudian las psicosis tanto desde la continuidad como la discontinuidad, desde lo común y lo diferente, vienen a oponerse a la inclinación de entender las distintas psicosis como enfermedades naturales, autónomas y específicas, y, del mismo modo, se enfrentan al intento de homogeneizar todas las expresiones clínicas bajo una dimensión reductora»…, y así aplicar la misma prescripción farmacológica.

A pesar de que «la melancolía posee más de veinticuatro siglos de historia, (…) que es la enfermedad del alma por excelencia» y que «la melancolía y la locura fueron sinónimos durante siglos», hoy, dos siglos después de que Esquirol renegara de la melancolía por considerarla cosa de poetas, y «tras quedar durante un tiempo identificada provisionalmente con la psicosis maníaco-depresiva, se intenta dar a ambas por desaparecidas tras el auge creciente y absurdo de la noción de bipolaridad». Los ensayos que aquí se citan coinciden al denunciar que estos reduccionismos de nuevo cuño, al final, nos están dando más problemas que soluciones, pues incurren en una inflación psicopatológica que se quiere justificar con el concepto de co-morbidad, «concepto que ilustra perfectamente la pereza del pensamiento psiquiátrico». Como por ejemplo: «el torpe acto de enjuiciar la depresión post-psicótica como el resultado de la mala suerte de quien después de una esquizofrenia contrae otra enfermedad», cuando «tal tristeza no es sino la consecuencia del duelo del delirio y el retorno del psicótico a una inhóspita realidad». Cuestión que ya en 1575 se lo advirtió a la ciencia, el que ha sido elevado a la categoría de patrón de la psicología: Juan Huarte de San Juan. «Que en alguna manera me pesa de haber sanado, porque estando en mi locura vivía en las más altas consideraciones del mundo, y me fingía tan gran señor que no había rey en la tierra que no fuera mi feudatario. Y, que fuese burla y mentira, ¿qué importaba, pues gustaba tanto de ello como si fuera verdad? ¡Harto peor es ahora, que me hallo de veras que soy un pobre paje y que mañana tengo que comenzar a servir a quien, estando en mi enfermedad, no le recibiera por mi lacayo!».

La invidencia científica (esa de «la causalidad biológica y los modelos conductuales que excluyen la dimensión del deseo y el sentido interpretativo de los actos», y que el discurso universitario le ha procurado púlpito y cátedra) ha fracasado en su intento por desterrar la melancolía del discurso clínico, pues la cantidad de trastornos que se ha inventado -que no descubierto- no alcanzan para sustituir su potencial clínico. Ni como psicosis maniaco-depresiva, depresión psicótica, trastorno bipolar psicótico, depresión mayor, trastorno bipolar, depresión bipolar, depresión unipolar, depresión maníaca, trastorno esquizoafectivo, depresión mayor, depresión endógena, depresión reactiva, depresión menor, ni, mucho menos como depresión a secas, se ha conseguido dar gato por liebre. Lo que sí se ha conseguido es crear un movimiento contestatario al pensamiento único, proponiendo el retorno a la clínica y al sentido común, pues no puede ser que se nos venda en congresos y mesas redondas, que las nuevas perspectivas de la depresión consisten en considerarla como una pandemia del siglo XXI. Para pandemia la medicalización de la vida cotidiana, el maniaco «ánimo prescriptor que lo tiñe todo con su prosaico discurso». Colina señala a López Ibor como «precursor ideológico de esta epidemia», al pretender hacer equivalentes la melancolía y la depresión.

En el mejor de los casos, la melancolía -y la tristeza que la distingue- permite el duelo: la elaboración de la pérdida para que el deseo se renueve y la pulsión siga empujando, más allá de que el objeto -o su perdida- pretendan ralentizar o detener su avance. En el peor de los casos, culpable y fiel a su dolor, el melancólico prefiere el objeto perdido a su propia vida. Siguiendo a Freud, el gran valedor de la melancolía en el siglo XX, Colina lo dice así: «detrás y delante de cada deseo hay un duelo. Una pérdida…(…) es melancólico quien no se recupera, es decir, aquel que no es capaz de trasformar la pérdida agobiadora en estimulante falta».

Respecto de la depresión, Colina es contundente: «En sí misma, la depresión no es una enfermedad», por más que insistan «la multitud de guías y protocolos existentes, que confunden más que aclaran y que a menudo tienen más de panfletos ideológicos que de instrumentos útiles. La depresión debe entenderse como un síntoma plural que puede surgir en la totalidad de los procesos psicopatológicos. (…) La depresión es un avatar del deseo y poca cosa más». Otra cosa es que se la quiera utilizar como eufemismo de la melancolía, como sambenito para medicalizar la tristeza ordinaria, o al que desoye el imperativo social y se atreve a levantar el pie del acelerador y el consumismo. Curiosamente, el capitalismo conoce y explota la lógica del deseo, pues, aunque vende felicidad sabe que lo contrario de la tristeza no es la alegría sino la actividad. Consumismo en el discurso capitalista, consumo no racional en el decir de los que tienen las tijeras por el mango, e hiperactividad en el de la invidencia científica. Para Colina el «TDAH debe verse como la reacción infantil a un conflicto que retiene el deseo, y algo similar cabe decir de muchos comportamientos de los llamados trastornos límites de la personalidad en la adolescencia y la edad adulta. (…) En resumidas cuentas, siempre que el deseo está comprometido, la acción se inhibe o intensifica».

La clínica de los mil matices, como la llama Colina, es aquélla que se abre de orejas a la dinámica o nivel de intensidad del síntoma; cuestión que la aleja del reduccionismo y  diagnosticar a plantilla. La clínica del caso por caso evidencia que no es lo mismo la suspicacia, la desconfianza, la sospecha, la convicción, la creencia, la certeza… que el delirio paranoico propiamente dicho. Esta clínica, que como diría Bentall, considera que las personas se parecen más a las películas que a las fotografías, está mucho más cerca de la condición humana, y su psicopatología es mucho más dinámica  que la de la clínica anglosajona, cuya  pathology equivale a lo que en los idiomas de Europa continental significa anatomía patológica. Así se entiende que la evidence-based medicine, que nuestras facultades de psicología o ingenierías del yo llevan bajo palio…, desprecie el saber que proviene de la clínica, del paciente. La E.B.M. se maneja mejor en la ausencia del sujeto, pues le molesta que se  mueva  o le hable mientras le practica la autopsia.

Y, sin embargo, tal y como nos dijo  Georges Canguilhem en  Lo normal y lo patológico: «En materia de (psico)patología, la primera palabra, históricamente hablando, y la última palabra, lógicamente hablando, le corresponde a la clínica. Ahora bien, la clínica no es una ciencia y nunca será una ciencia, incluso cuando utilice medios cuya eficacia esté cada vez más científicamente garantizada. No existe una patología objetiva. Se pueden describir objetivamente estructuras o comportamientos, pero no puede decirse de ellos que son patológicos refiriéndose a un criterio puramente objetivo. Objetivamente sólo se pueden definir variedades o diferencias, sin valor vital positivo o negativo».   Por eso es que se puede decir bien alto que no existe la normalidad sino lo normativo, es decir,  ideología dominante… que recurre a la Ciencia para legitimarse, con la misma desfachatez que la Ciencia recurre al autoritarismo  para la cuadratura de sus hipótesis y para exigir ser tratada como el único saber posible… y/o permitido.

Pero como nos dijo Antonio Escohotado en el programa de televisión Pienso luego existo: «La ciencia es un mito, en la medida en que nunca puede terminarse. Nunca estará acabada nuestra versión del mundo. Pero esa condición de mítica, en modo alguno reduce su capacidad o su contenido de veracidad, porque su veracidad es la precisión, es decir, hasta qué punto refleja el estado del mundo. Y como naturalmente el mundo ofrece miles de perspectivas, pues miles de perspectivas debe adoptar la ciencia. Lo trágico del pensamiento científico es que, en parte por la profesionalización de los últimos siglo y medio o dos siglos, y en parte por la tendencia natural de los seres humanos a la arrogancia… y al monopolio, pues, lejos de ser una aventura interminable, se constituye como algo que está prácticamente terminado».

La cuestión es que el Saber no ocupa lugar por lo mismo que la pulsión no tiene objeto; y es que la pulsión es tan inabarcable por el objeto como por el Saber. Siendo la Ciencia una rama más del árbol de la sabiduría, no será despectivo -sino descriptivo- decir que la Ciencia es tan parcial como lo es el objeto para la pulsión. Colina lo dice así: «Si por algo podemos identificar al sujeto y a la locura es por su capacidad para escapar de la reducción científica».

La que siempre ha estado a la altura de nuestras preguntas es la literatura, quizás porque como dicen Faulkner y Javier Marías, es como una cerilla que encendida en medio de la noche, sirve para ver un poco mejor cuánta oscuridad hay a nuestro alrededor. Hoy viene como anillo al dedo el pequeño tratado que escribió sobre la melancolía que sufrió el escritor norteamericano William Styron, y que tituló, curiosamente, Esa visible oscuridad. Allí nos dice que a sus 60 años sintió el viento del ala de la locura por el duelo incompleto que arrastraba por una aflicción precoz: la muerte de su madre cuando tenía 13 años. Este es el Saber del paciente: «Hay un elemento psicológico que ha quedado establecido allende toda duda razonable, y es el concepto de pérdida»… y no precisamente de serotonina. «Buena parte de la literatura psiquiátrica disponible acerca de la depresión es de un jovial optimismo, y no escatima las garantías de que casi todos los estados depresivos se estabilizarán o contrarrestarán sólo con que se acierte a encontrar el antidepresivo oportuno. (…) Cuando por primera vez tuve conciencia de que era presa del mal, sentí la necesidad entre otras cosas de formular una enérgica protesta contra la palabra depresión. La depresión, como bien pocos ignoran, solía conocerse por el término melancholía, una palabra que aparece en inglés ya en el año 1303. (…) Melancolía es una palabra muchísimo más apta y sugerente para las formas más funestas del trastorno; pero fue suplantada por un sustantivo de tonalidad blanda y carente de toda prestancia y gravedad, empleado indistintamente para describir un bajón en la economía o una hondonada en el terreno, un auténtico comodín léxico para designar una enfermedad tan seria e importante. Acaso el científico a quien generalmente se tiene por culpable de su uso corriente en los tiempos modernos, un miembro de la Johns Hopkins Medical School justamente venerado –el psiquiatra Adolf Meyer, nacido en Suiza no tuviera muy buen oído para los ritmos más delicados del inglés y, por tanto, no se percatara del daño semántico que infligía al proponer depression como nombre descriptivo de tan temible y violenta enfermedad. Como quiera que sea, por espacio de más de setenta y cinco años la palabra se ha deslizado anodinamente por el lenguaje como una babosa, dejando escasa huella de su intrínseca malevolencia e impidiendo, por su misma insipidez, un conocimiento general de la horrible intensidad del mal cuando escapa de todo control». Styron lo tiene muy claro y así nos lo transmite: «Nuestra quizá comprensible necesidad moderna de embotar los dentados filos de tantas afecciones de las que somos herederos nos ha llevado a desterrar los ásperos vocablos antiguos: casa de orates, manicomio, insania, melancolía, lunático, locura. Pero no se dude jamás que la depresión, en su forma extrema, es locura».

Pareciera ser que si los diagnósticos no pueden ser científicos tienen que ser políticos: monta tanto, tanto monta que sean por que lo dice la mayoría o por el ordeno y mando de los que primero inventan el remedio y luego la enfermedad. Si no pueden ser científicos, no hace falta que sean políticos; los diagnósticos pueden seguir siendo clínicos. Para que no acabe en manos de la policía científica, mejor que la psicopatología vuelva a ser exclusivamente clínica.

Este texto fue publicado en la revista del COPC nº 43 de febrer- marzo 2012. Reproduzco algunas de las imágenes que aparecen en el mismo

Olga


EL MIEDO DE LOS MÉDICOS. UN HOMENAJE A MONTSERRAT ROIG

febrero 18, 2012

Hay un terreno ambiguo en el que se crea un desajuste en las relaciones médico-enfermo, y este terreno es el de las palabras. El enfermo ha de descubrir, con paciencia, sus  miedos y frecuentemente no los puede hacer sentir al  médico. Este los desconoce.

El médico tiene miedo a hablar. “Las palabras son, a la vez, indispensables y fatales”, aseguraba Aldous Huxley. También los médicos se sienten aprisionados por las palabras, que no expresan exactamente lo que quieren decir.  Son aproximaciones a sentimientos, a actitudes mentales. Estos miedos no son expresados sólo con palabra. También los gestos, las miradas, una manera de caminar. Todo ello es controlado por el paciente-enfermo, mucho más de lo que piensa el médico. Un matiz es tomado por una definición, una sugestión por un axioma.

El médico se ve con frecuencia a si mismo como a un profesional. Para el paciente-enfermo es mucho más: es un juez, quizás el antiguo brujo. Pocas veces es su cómplice en el miedo. Quizás porque los miedos no son semejantes.

El enfermo, a la larga descubre que también el médico tiene miedo. Pero ya lo hemos dicho: no es el mismo  miedo que padece el enfermo. El de éste es un miedo terrenal, primitivo, casi diría animal. Un miedo que se mueve en un terreno confuso, rudo, oscuro, estrecho. No precisa metáforas. Es un miedo que da miedo sentir. El miedo del médico me parece, es más impreciso. Es el miedo a ser sorprendido. Tener que admitir lo que no es controlable. Tener que admitir la imprecisión, lo imprevisible, la improvisación. Nada es seguro. El médico tiene, pues, miedo a dejarse sorprender como reclamaba Aristóteles.

Porque, si bien la actitud de extrañeza es buena para la literatura o la filosofía, no lo es tanto para la medicina cuando es una ciencia. La poética de la frontera de la ambigüedad de las palabras, puede tener consecuencias imprevisibles en la relación enfermo-médico

Puede pasar, así, que el enfermo comience a tener miedo del miedo del médico. Se ha dicho: necesitamos pequeñas dosis de miedo para soportar el gran miedo. Pero hay médicos que, al no aguantar este desasosiego ante el extrañamiento, ante lo imprevisible, montan un espectáculo para huir de las palabras.

Es el médico showman, dispuesto a disimular el miedo helado que a veces siente. Se refugia en palabras contundentes como única respuesta. Quizás porque hay enfermos que se lo exigen. En estos casos, el médico no puede mostrarse indefenso. El enfermo no se lo perdonaría.

No hay, entonces, complicidad entre los dos. Los miedos, los pequeños y el grande, no son expresados en palabras. Los caminos divergen y el enfermo-paciente no admite que el médico tenga miedo. Ha de ser brillante, seguro, ha de tener ojo clínico. Y quizás el error está en que mientras el enfermo no elige esta nueva situación, mientras el enfermo se ve afectado por un visitante inoportuno, la enfermedad, el médico será médico toda su vida y ha de admitir, de una vez por todas, que tiene miedo. Un miedo diferente al del enfermo, un miedo que nunca se termina. Porque los enfermos pueden desaparecer, pero las enfermedades y sus inagotables supresas, continúan.  Y no es un asunto fácil.

Montserrat Roig

Sempre que escric una cosa és perquè no entenc el que veig

 —————————————————————– Montserrat Roig fallece el 10 de noviembre tras una larga enfermedad. Poco antes de morir, nos entregó esta nota, contribución a un razonamiento que está en proyecto, sobre la relación entre el paciente y el médico. Deseamos que la publicación de este apunte sea lúcido aporte  la reflexión, pero al mismo tiempo sea muestra de reconocimiento a quién con sensibilidad, franqueza, y arte en el lenguaje, supo transmitirnos en pocas palabras, la fragilidad de los sentimientos que forjan, para bien o para mal, la relación entre el enfermo y el médico. Nuestro agradecimiento y recuerdo a Montserrat Roig.

Traducción al castellano por Jesús A. Marcos . Quaderns CAPS/otoño 1991/ nº 16.

—————————————————————-

Sí, esta es la nota publicada en el otoño de 1991 en los Quaderns del CAPS.  Me ha gustado y quiero compartirla.

Un pensament de sal, un pessic de pebre. Dietari obert 1990-1991 recoge las últimas colaboraciones de Montserrat Roig como articulista del diario Avui, que escribe diariamente, cuando ya se le ha declarado el cáncer, hasta su último día, el 10 de noviembre de 1991. Tenía 45 años. 

Podéis mirar en BTV notícies, en los 20 años de su muerte, con mensajes Twitter

Y en La Lamentable

Las negritas son mías

Olga


El trauma psíquico: en el 75 aniversario de la guerra civil española

agosto 5, 2011

“me masturbaba cada año la noche del 16 de octubre porque ese día en 1946 ejecutaron a mi padre (Hans Frank) en los juicios de Nuremberg. Imaginaba sus últimas horas en la celda, la llegada de los guardas, el trayecto hacia la horca y su muerte: justo entonces alcanzaba el orgasmo”

 Con este escalofriante párrafo comienza el reportaje que publicaba el semanal del diario el país (sin link porque no está en la red), firmado por Alfonso Daniels, explicando la vida de Nicklas Frank, que a sus 71 años se dedica a recorrer su país, Alemania, dando charlas en colegios y universidades sobre el nazismo y sus horrores.

Niklas, es hijo de Hans Frank, gobernador nazi de Polonia y responsable de la muerte de millones de personas en campos de exterminio y una constatación de que la sociedad alemana sigue  discutiendo, intercambiando experiencias, formulando preguntas,  organizando seminarios, grupos de trabajo, de debate…etc. sobre su historia, sobre el nazismo. Hablando a todos los niveles.

Es también un ejemplo de los devastadores efectos que sufren los descendientes de criminales nazis, que se han atrevido a enfrentar la verdad de sus padres u otros familiares, como Bettina Goering,  sobrina-nieta del mariscal de Hitler que para no tener descendencia se ligó las trompas a los 30 años, o Katrin Himmler, sobrina-nieta del líder de las SS y casada con el hijo de un superviviente del Holocausto, que escribe un libro en contra de su familia o Martin Bormann, hijo del secretario de Hitler, quien aún reconociendo el amor por su padre, no le exculpa de sus crímenes.

Hablan en Alemania como también lo hacen en el Centro  para Supervivientes del Holocausto de Londres, creado para ayudar a los supervivientes de la Shoah y muy conscientes de que no podrán curar su trauma, pero sí aliviar en gran medida los síntomas que les provocan infinidad de dificultades cotidianas derivadas de su pasado. Hablando, intercambiando palabras.

Esta vez sí está el link al artículo publicado también en “el país”  por Lola Galán

Menciono estos artículos, justo en los días en que se celebra (¿?) el 75 aniversario de nuestra guerra civil y me vienen palabras, sentimientos, silencios y muchas preguntas sin respuesta de tantas horas que pasé charlando con algunos de los perdedores, que no vencidos, de esa guerra que nunca deberíamos haber sufrido.

Realizaba entrevistas para un trabajo de investigación sobre la guerra civil española y el trauma psíquico y cuando lo finalicé tuve la ilusión de que aquí, en nuestro país, también habría un dispositivo específico en la sanidad pública, en el cuál  las personas que lo desearan pudieran ser atendidas, pudieran al menos, hablar. Fracasé. Y mi fracaso se suma a esa barrera que aún padecemos aquí y que nos impide hablar libremente de esa guerra  cuyas consecuencias, aunque muchos se obstinen en negarlo, seguimos sufriendo.

El trabajo está en mi slideshare. Lo mencioné otras veces en el blog.

Hoy inserto el texto completo, dividido en dos partes, por si os apetece leerlo.

La 1ª parte, analiza material audiovisual, novelas, libros, reportajes y formula propuestas de actuación.

La 2ª parte, analiza las entrevistas realizadas a personas que explican sus vivencias de la guerra civil española, posguerra y transición y tiene en cuenta  algunos casos clínicos,  ya sea con pacientes tratados por colegas o trabajados directamente por mí. También con conclusiones y propuestas.

Y como un humilde homenaje a todos los que sufrieron y aún sufren hoy en día a causa de aquella guerra, escojo a Miguel de Molina (1908-19993), exiliado republicano, interpretando “la bien pagá” y al autor de la letra, Ramón Perelló, (1908-1993 ) llamado “el letrista rojo”, represaliado republicano, en este fragmento de la película “canciones para después de una guerra”. Tanto la canción como su memoria siguen vivos.

Hasta la vuelta de vacaciones, en septiembre. Que disfrutéis.

Olga


PERSPECTIVAS DE MUJERES

marzo 24, 2011

Ya que mi desconexión digital durante este mes, dedicada al cierre de la Web e-Criterium, me ha impedido celebrar el día internacional de las mujeres, aprovecho la iniciativa de Dones en xarxa que titulan: “Envia’ns el teu post sobre el 8 de març”, para hacerlo, con un resumen extraído de mi trabajo clínico con grupos de mujeres.

Como otras veces en este blog, agradezco la iniciativa.

Los nombres son ficticios, pero las historias son reales.

Son un grupo de mujeres de más de 60 años. Es la 5ª sesión de grupo a la que acuden. Ya han creado una dinámica de grupo propia y saben que pueden hablar de todo lo que deseen.

No hay un tema fijo, pero hoy se centran en sus vivencias como abuelas. Todas lo son y cada una, para asombro y admiración del resto del grupo, explica una manera diferente de vivirlo.

Foto: Fidel Soler Cervera

Carme, está jubilada desde hace poco tiempo y se dedica a lo que  siempre deseó: no hacer nada. O al menos eso dice, porque su “no hacer nada”, significa que puede tumbarse a tomar el sol en su terraza, pero luego colabora activamente  en la Asociación de vecinos, viaja con su marido cuando pueden, lee, va  al cine, queda con sus amigas para hablar…etc.¿y qué hace con su rol de abuela?. Tiene una nieta a la que trata habitualmente: a veces la va a buscar a la escuela, la invita a merendar, a estar con ella un fin semana, a ver una película…tiene muy claro que es ella la que elige. Y disfruta con ello, lo cuál no quita que si su hija tiene un apuro en algún momento y ella está disponible, le ayude, pero Carme explica a sus compañeras que una cosa es la relación con su hija y otra con su nieta. Y ésta ella la construye con mucho placer, mucha libertad y sin las responsabilidades que tenía en la crianza de sus hijos. Le encanta.

María, ha tenido una vida muy dura. Aprendió a leer y a escribir a sus 50 años. Su marido la maltrataba, y la abandonó con los hijos pequeños. Siguió sola. Hoy vive con la ayuda de los servicios sociales. Tiene hijos y se ocupa de sus nietos. Hace poco, una hija que se trasladaba a vivir en una urbanización fuera de Barcelona, le propuso irse a vivir con ella, el yerno y los dos hijos. A Maria no le convencía mucho, pero no se atreve a decir que no y, siguiendo los consejos de sus compañeras de grupo, acepta ir “de prueba”, sin abandonar su piso en Barcelona. Enseguida se da cuenta de lo que le esperaba: hacerse cargo de la casa, de los nietos, llevarlos a la escuela al pueblo, irlos a buscar e incluso quedarse con ellos algunos fines de semana que su hija y su yerno se iban. María, con el apoyo del grupo, dice no. La hija se enfada mucho. No le habla. La considera una “desagradecida”.

Encarna, se encarga de sus nietos, a los que va a buscar cada día al colegio. Es feliz con ello. Lo necesita, aunque reconoce  que casi no tiene vida propia y no quiere imaginar qué será de ella cuando no la necesiten. El grupo le plantea dos cuestiones: ¿qué es necesitar y qué es querer? ¿por qué ella necesita que la necesiten?.

Pepita, también se encarga de sus nietos, pero no lo tiene tan claro como su compañera Encarna. Ella siente que es una obligación. A veces le apetece y a veces no, porque no siempre se encuentra bien o porque también le gustaría hacer otras cosas. Pero cree que sus hijos lo necesitan y ella debe hacerlo. Toda su vida ha actuado así. El grupo la interroga sobre su certeza respecto al “deber”.

Rosa, le pasa lo mismo que a Pepita, pero se añaden las peleas con su marido que le reprocha su poca disponibilidad para con él. Ella cree que se debe a sus hijos y no entiende los reproches del marido. El grupo le devuelve la cuestión de sus relaciones de pareja. Se abre un interrogante.

Montse, aporta una precisión: ella también tiene esa obligación con sus nietos y lo hace, pero cree que es mentira que sea por una necesidad de sus hijos: tienen sus trabajos, sus buenos coches, sus salidas de fin de semana o a restaurantes y se pregunta ¿ es ella quién está financiando el tren de vida de sus hijos? ¿Por qué se lo piden? ¿por qué calla y se somete? ¿para qué y por quién ese sacrificio?.

Júlia, es viuda y cada día se levanta temprano, va a casa de su hijo para hacerse cargo de sus dos nietos, a los que cuida la mayoría de días de la semana. Los días que tiene libres no sabe qué hacer. Se queja de que la nuera no  se lo agradece mucho. Le ha  llamado la atención el planteamiento de Montse. El grupo empieza a preguntarle sobre sus gustos. Júlia se queda estupefacta. No imaginaba que hubieran en su ciudad tantas cosas para hacer…ni que a ella le interesaran…También está la queja por falta de agradecimiento, pero resulta que  viene de lejos…

Hay cinco nombres más, cinco perspectivas nuevas. El grupo sigue. Las preguntas se multiplican. Las perspectivas se abren…

Olga Fernández Quiroga